Un olor nauseabundo le hizo creer que su vecino ocultaba un oscuro secreto. Cuando por fin miró dentro, la verdad le hizo llorar los ojos

Al tercer día de la ola de calor, el hedor había atrapado a Arthur en su propia casa. Era sofocante, pero cuando miraba por la ventana, el resto de la calle sin salida parecía completamente ajeno a él. Las corrientes de viento mantenían el olor estrictamente localizado en el límite de la propiedad de Arthur. Desesperado por conseguir aliados, Arthur acorraló en la acera a Marcus, un entusiasta del fitness de la zona. «Marcus, tenemos una violación flagrante del apartado B de la sección 4 relativa a la calidad del aire del vecindario que procede del garaje de Henderson»


Marcus olfateó el aire, con cara de confusión. «No huelo nada, Artie. ¿Estás seguro de que tu triturador de basura no se está atascando o algo así?» «¡Es un riesgo biológico!» Arthur insistió, golpeando su portapapeles. «Hace días que no se ve a Henderson. Su mujer le abandonó hace tres años, pero ¿alguien la vio hacer la maleta? ¿Y si cometió un delito y huyó?» Marcus se rió entre dientes, dando un paso atrás. «Artie, estás dejando que esos podcasts de crímenes reales se te suban a la cabeza. Deja en paz al pobre»