Aquella noche, Claire lo anotó todo en un cuaderno que escondía detrás de viejos libros de recetas. Las alertas del banco. La cita cancelada en el taller. Las cartas. El portátil. Sobre el papel, parecía delgado y ridículo. Estuvo a punto de arrancar las páginas.
En lugar de eso, añadió una línea más: La hipervigilancia de Colin a su alrededor. Parecía estar muy al tanto de sus idas y venidas. Parecía estar siempre pendiente de ventanas y puertas, ahora más que nunca.
Uno de esos días, Colin estaba casi tierno. Le preparó el desayuno, le compró sus peras favoritas y le sugirió que visitara a su hermana en Marlow durante el fin de semana. «Pareces tensa», le dijo. «Una noche fuera podría ayudarte» Era una sugerencia tan razonable que Claire aceptó antes de encontrar una razón para no hacerlo. Colin sonrió, le besó la mejilla y le dijo que llenaría el coche antes de que se fuera. Por un segundo, con la cálida mano de él sobre su hombro, Claire sintió deseos de ser su esposa y nada más.