Con el vestíbulo evacuado, el elefante comenzó a avanzar directamente hacia Katie. El miedo se apoderó de ella. El enorme tamaño de la criatura era abrumador a medida que acortaba la distancia, bloqueándole el paso hacia las salidas. Con el pánico nublándole el juicio, Katie creyó de verdad que el animal estaba lanzando un ataque. Sintiéndose indefensa y acorralada, apretó los ojos con fuerza, preparándose para un impacto devastador.
Pero el impacto nunca llegó. Al entreabrir los ojos, tuvo una revelación. El elefante no estaba cargando en absoluto; en realidad se movía con una lentitud deliberada, minimizando intencionadamente su velocidad para parecer menos peligroso. Intentaba transmitir paz. Aunque había causado daños estructurales al entrar, su postura no era agresiva. Protegía con fiereza el espacio frente a él, manteniendo la trompa firmemente enrollada contra el pecho como si guardara un secreto vital. Había decidido no seguir a la multitud que huía, centrando toda su inteligencia en Katie, la última persona que quedaba en pie en aquella sala silenciosa y cavernosa.