El capitán de policía ordenó un registro minucioso de las tablas del suelo y las paredes, sospechando que se trataba de un truco arquitectónico oculto. Los agentes golpearon las superficies de piedra con sus linternas tácticas, escuchando atentamente cualquier cambio en el sonido. Durante varios minutos, el registro no reveló nada más que piedra sólida y resonante.
Entonces, un agente que caminaba cerca de la esquina trasera de la habitación pisó una sección concreta del suelo de hormigón. En lugar de un chasquido seco, su bota produjo un ruido sordo y hueco. Se arrodilló y apartó una capa de tierra suelta y fertilizante que habían esparcido apresuradamente por el suelo.
Oculto bajo la tierra había un pesado anillo de hierro a ras del hormigón. El agente agarró el anillo y tiró con todas sus fuerzas. Una pesada trampilla camuflada se abrió hacia arriba, revelando una empinada escalera de hormigón que se hundía directamente en la oscuridad total bajo el edificio. Una corriente de aire frío se colaba por la abertura, trayendo consigo el aroma dulce y característico de un entorno completamente diferente.