George no era ajeno a la situación. Sabía que algo iba mal. Simplemente aún no sabía qué. Su hipótesis, basada en el comportamiento con el teléfono, las noches en vela y un vago cambio en la forma en que Zoe se comportaba en la habitación, era que ella era infeliz: con el trabajo, con él, con algo que él no había sabido ver.
Había repasado los últimos meses en busca de un punto de divergencia, alguna discusión o descuido que pudiera explicar la distancia, y no había encontrado casi nada. No habían estado peleando. Tampoco, se daba cuenta ahora, habían estado hablando mucho. Él había estado ocupado con un proyecto en el trabajo. Ella había estado ocupada. Habían seguido la corriente, como hacen las parejas cuando la vida se les va acumulando a su alrededor.
Intentó sacar el tema una vez, preguntándole si estaba bien y si había algo que quisiera discutir con él. Ella dijo que solo estaba cansada, y él lo aceptó. Estaba, pensaría más tarde, demasiado dispuesto a aceptarlo. Era más fácil creer que estaba cansada que insistir más en obtener explicaciones.