Llegó la siguiente carta. Se dio cuenta de que ella revisó el correo antes que él esa mañana, lo hojeó rápidamente y se llevó un sobre directamente al bolso sin abrirlo en la mesa, como solía hacer.
Él se dio cuenta. No dijo nada. En aquellas semanas se estaba volviendo experto en darse cuenta de las cosas y no decir nada, guardándolas en una parte de su mente que mantenía cuidadosamente separada de la parte que tenía que pasar el día.
Lo que sí registró, y no se explicaba, era lo de Rex. Después de que Zoe llegara del trabajo aquella tarde, el perro se había mostrado inusualmente atento, pegándose a su lado, siguiéndola de habitación en habitación con una concentración que parecía menos afecto y más vigilancia. En un momento dado, sentada en el suelo de la cocina después de cenar, Zoe había rodeado con ambos brazos el cuello de Rex y había hundido la cara en su pelaje, y Rex se había quedado allí de pie, permitiéndoselo, firme e inmóvil. George había observado desde la puerta y sintió, con cierta intensidad, que estaba al margen de algo de lo que aún no tenía una idea clara.