En los días siguientes, Sean acudió más de una vez, en parte porque el caso lo requería y en parte porque no podía olvidar aquella tarde lluviosa en el puerto deportivo. Una trabajadora social del hospital ayudó a Maya a organizar una ayuda de emergencia para el tratamiento de la hija menor, Nora, y puso a la familia en contacto con servicios de asesoramiento. Aaron acudía puntual a todas las reuniones, callado y nervioso, llevando un pequeño cuaderno donde había anotado las fechas de las citas, los números de teléfono y las cosas de las que le gustaba hablar a Leo. No podía borrar el pasado, pero parecía que intentaba construir algo más firme que meras promesas.
Dos meses después, Sean pasó por el pequeño parque de la ciudad un sábado por la mañana y vio a Leo dando patadas a un balón de fútbol hacia Aaron mientras Nora reía desde un banco junto a Maya. No era perfecto. Se notaba en la cuidadosa distancia que Maya aún mantenía. Pero Sean se sentía más ligero.
En el semáforo en rojo, el agente lo observó un momento más, luego cogió el teléfono y envió un mensaje de texto a su propia hija: ¿Cenamos esta semana? La rápida respuesta le hizo sonreír: Me encantaría. Cuando cambió el semáforo, siguió conduciendo.