Una profesora está harta de las travesuras del matón de la clase, así que hace esto para darles una lección a él y a sus padres, que se creen con derecho a todo…

En octubre, ya tenía una idea más clara. Nunca supo exactamente qué hacía Brennan, pero había indicios. Había un chico llamado Deacon, tímido, callado y meticuloso, que en septiembre había respondido a las preguntas con facilidad. A mediados de octubre había dejado por completo de ofrecer respuestas por iniciativa propia.
Seguía haciendo los deberes —eso se notaba en su letra—, pero en clase mantenía la mirada fija en su pupitre y esperaba a que le preguntaran directamente; e incluso entonces respondía rápidamente y apartaba la vista.

Una chica llamada Reeta se había cambiado de sitio sin preguntar, pasando del grupo central donde se sentaba Brennan al extremo más alejado del aula. Decía que desde allí veía mejor la pizarra. Quizá fuera cierto, pero ella había notado la tensión entre ella y Brennan.

La Sra. Nair se lo comentó una vez a un compañero, Tom, que impartía clase de historia en 3.º de ESO. Le describió lo que había observado sin entrar en detalles, solo el patrón. Tom era un hombre sensato. Se encogió de hombros y dijo: «Si no le has pillado haciendo nada, no hay mucho que llevar al director». No se equivocaba. Conocía lo suficiente el procedimiento del instituto como para saber que las pautas sin incidentes no llevaban a ninguna parte. Así que se limitó a observar y a archivar mentalmente lo que veía.