Una mujer descubre que le han cambiado las cerraduras de su casa de playa, situada en un lugar apartado, y lo que vio a través del cristal la dejó paralizada. 

Sarah volvió al porche, con la mente a mil por hora. Un ladrón ocasional no tendría ni las herramientas ni el tiempo para cambiar de forma profesional un cerrojo de alta resistencia. ¿Quién podría haber cambiado la cerradura? Ansiosa por encontrar respuestas, bajó del porche y se deslizó por el lateral de la casa, pegando la cara al cristal frío de la ventana del salón. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra del interior, se quedó sin aliento. 


Los acogedores muebles desiguales que había dispuesto con tanto cariño a lo largo de los años habían desaparecido. En su lugar había sofás elegantes y modernos y una pared decorativa recién pintada. De repente, le vino un recuerdo a la mente. Antes de que su tío falleciera, había mencionado que tenía previsto realizar importantes reformas estructurales en la propiedad de la playa. Sarah había estado tan abrumada con su trabajo en la empresa que se había olvidado por completo de ello.


Al darse cuenta de que esa transformación interior debía de ser el resultado de esas reformas tan pospuestas, una enorme oleada de alivio la invadió. Sacó el móvil y llamó inmediatamente a Martha, la ama de llaves local de toda la vida que se encargaba del mantenimiento de la propiedad.