Cuatro meses después del funeral, Sarah sintió que la familiar sensación de agotamiento volvía a apoderarse de ella. Necesitando su habitual vía de escape, hizo una pequeña maleta y condujo hasta la costa, llegando a la casa de la playa justo cuando el sol empezaba a ponerse. Subió los escalones de madera desgastados por el tiempo, con su vieja llave de latón en la mano. Introdujo la llave en el cerrojo, pero al intentar girarla, el cilindro ni siquiera se movió.
Sarah frunció el ceño y movió la manilla de un lado a otro. Intentó empujar con todo su peso contra la puerta, suponiendo que la humedad costera hubiera deformado el marco, pero la llave simplemente no encajaba en el mecanismo interno. Dio un paso atrás y examinó de cerca los herrajes en el crepúsculo que se desvanecía. El pomo y la placa parecían casi idénticos a los antiguos, pero la ranura de la cerradura estaba impecable, nítida y completamente libre del habitual deslustre causado por el aire salino.
La cerradura no se había atascado ni oxidado. Alguien había sustituido de forma profesional el núcleo del cerrojo por un juego nuevo a juego, dejándola completamente fuera.