El «punto ciego» en cuestión es la pesada extensión, del suelo al techo, de las cortinas del hotel. Como estas cortinas están diseñadas para ser gruesas e inmóviles, las tratamos como una pared permanente. Pero en cuanto las descorremos, nos damos cuenta de que son un tabique que oculta una importante zona sin vigilancia. Aquí es donde el «control» se vuelve vital por una razón que la mayoría de los viajeros pasan por alto: la seguridad estructural. En muchos hoteles, el personal de limpieza abre una ventana para ventilar los humos de la limpieza.
Si no vuelven a cerrarla, esa pesada tela esconde una caída literal a la calle. Para un niño pequeño que juega al escondite, el espacio detrás de la cortina es un imán instintivo, y una ventana sin cerrar es una catástrofe a punto de ocurrir. Más allá del peligro físico, esta zona es la prueba definitiva de la higiene de la habitación. Dado que rara vez se examina en la rotación de limpieza diaria del personal, el alféizar de la ventana y las tablas del suelo detrás de la tela se convierten en un punto de acumulación de negligencias profundamente arraigadas.
No se busca el teléfono perdido de un huésped, sino los signos reveladores de una limpieza apresurada: conejitos de polvo, insectos muertos o basura desechada hace semanas. Si estos restos persisten, es la primera y más fiable advertencia: esta habitación nunca se ha limpiado a fondo.
Pero esto es lo más importante a tener en cuenta: