La razón por la que los viajeros frecuentes han empezado a obsesionarse con esta zona tan olvidada no nace del amor por el trabajo detectivesco, sino de la experiencia. Hablamos con un viajero cuya perspectiva cambió para siempre tras una estancia aparentemente rutinaria en un hotel boutique de lujo. Como cualquier otra persona, comprobó que la cama no tuviera plagas y que la puerta no tuviera cerrojo. Todo parecía «normal» Pero a medida que pasaba la noche, la habitación empezó a parecer más pequeña. No había ruido ni movimiento, sólo una persistente y persistente sensación de que la geometría de la habitación no encajaba.
Es una sensación que muchos han sentido, pero que pocos pueden nombrar: el «peso» de un espacio no controlado. A menudo nos olvidamos de que las habitaciones de hotel son entornos de alta rotación en los que el personal suele estar al límite de sus posibilidades. Con las prisas por dar la vuelta a una habitación en veinte minutos, el personal de limpieza trata ciertas zonas como «invisibles». Si no está en la línea de visión directa, no existe. Pero, ¿qué ocurre cuando lo que se deja no es sólo una pelusa?
¿Qué ocurre cuando el descuido afecta a la propia frontera entre tú y el mundo exterior?