Un agente se burla de una anciana que pone su casa a la venta por 2,2 millones de dólares, pero empieza a sudar cuando ve el interior…

La cerradura hizo clic y la puerta se abrió hacia dentro, dejando al descubierto a Marian Woodard, que llevaba una túnica de lino demasiado grande manchada de carbón, con el pelo plateado recogido en un moño suelto. «No te quedes ahí parado bajo la lluvia», sonrió, haciéndose a un lado. «Entra y mira cómo es realmente mi casa».

Arthur dio un paso vacilante al cruzar el umbral y, en el momento en que sus pulidos zapatos de vestir tocaron el suelo, se quedó literalmente boquiabierto. Desde fuera, la casa parecía una caja diminuta y estrecha, pero el interior era una impresionante obra maestra arquitectónica hundida que desafiaba la geometría exterior del edificio.

Las paredes eran ondas ondulantes y sin juntas de yeso veneciano tallado a mano que reflejaban la luz de una claraboya oculta, mientras que una escalera de piedra se elevaba con ligereza hacia un loft superior. Arthur se quedó completamente boquiabierto, dándose cuenta al instante de que había cometido un error catastrófico en la valoración, pero estaba demasiado atónito incluso para articular una disculpa.