El jueves por la mañana, Arthur ya se había olvidado por completo de aquel extraño correo electrónico hasta que su asistente, Chloe, le llamó por el intercomunicador. «Arthur, tengo a una tal Marian Woodard en la línea dos; dice que es urgente y que tiene que ver con el anuncio de Willow Lane».
Arthur descolgó el auricular y le preguntó si había recibido su análisis de mercado del barrio. «Sí, jovencito», respondió una voz nítida y notablemente firme. «Y aunque agradezco tus coloridos gráficos, el precio sigue siendo de dos punto dos millones. Necesito un agente que entienda de valor; ¿eres tú ese agente?».
Arthur apretó la mandíbula ante esta flagrante pérdida de tiempo, argumentando que ningún comprador pagaría millones por una caja suburbana de 1.200 pies cuadrados solo por su valor sentimental. «Entonces ven a verla tú mismo, Arthur», dijo Marian en voz baja, con un tono firme que lo pilló desprevenido. «Mañana a las diez. Si sigues pensando que estoy loca, te dejaré marchar».