La cocina fue lo primero que hizo que la torre se sintiera como un verdadero hogar. No lujosa. Simplemente completa. El suelo estaba revestido de baldosas italianas, debajo de una larga encimera con dos fregaderos y armarios bien ordenados. Cerca de las ventanas había una mesa de carnicero, que captaba la luz desde casi todas las direcciones mientras el puerto brillaba a lo lejos. Hasta las contraventanas parecían intencionadas. Los paneles automáticos podían sellar secciones de la torre contra los fuertes vientos costeros, convirtiendo la estructura abierta en algo sorprendentemente silencioso.
Se movió por el espacio como quien sigue rutinas que ha repetido durante años. Nada le resultaba difícil o incómodo a pesar de la altura. Y vivía allí sola. Esa parte nos sorprendió más que la propia torre. Porque a pesar de lo grande que parecía la estructura desde fuera, no había ni una sola parte que pareciera abandonada o sin usar. Las habitaciones de arriba estaban impecables. Los armarios empotrados se curvaban perfectamente en las paredes, mientras que los televisores empotrados y los armarios cuidadosamente colocados hacían que cada habitación pareciera activa, no olvidada.
Nada parecía vacío. Parecía como si alguien hubiera pasado años haciendo que la torre funcionara exactamente como quería. Y antes de que pudiéramos preguntar cuánto tiempo llevaba allí, sonrió y nos dijo que siguiéramos subiendo.