El pulpo coco se acercó sigilosamente e inspeccionó el robot con detenimiento. Lo tocó con un brazo, luego con otro, como si comprobara si estaba vivo, era grosero o útil. El robot no hizo nada. No le robó la concha, ni le persiguió, ni hizo ningún movimiento brusco. Para un pulpo coco cauteloso, ésa era probablemente la mejor primera impresión posible.
Poco a poco, el pulpo pareció aceptar al nuevo y extraño recién llegado. El robot era tranquilo, estable y muy bueno en permanecer callado. Eso lo hacía útil. El pulpo coco ya tenía su concha para protegerse, pero ahora tenía algo más a su lado: un extraño objeto de ocho brazos que podría hacer que su pequeño hogar pareciera más difícil de atacar. En el océano, a veces una buena seguridad consiste en parecer más confuso de lo que espera tu enemigo.