Crédito de la foto: Carlos Diaz Associates (postal); Asesino del Zodíaco (mensaje)/ Wikimedia Commons
Un rastro de ataques, cartas y pánico
Las primeras víctimas conocidas fueron adolescentes que salieron juntas una fría noche de diciembre de 1968. Meses después, otra joven fue asesinada, pero su compañero sobrevivió. A continuación se produjo un espeluznante ataque en el lago Berryessa, donde el asesino apareció con un extraño atuendo encapuchado y dejó muerta a otra joven. En octubre de 1969, un taxista de San Francisco se convirtió en la última víctima confirmada.
Después de eso, el misterio cambió de forma. Los asesinatos parecieron detenerse, pero las cartas a los periódicos continuaron. Algunas eran aterradoras, otras jactanciosas y otras estaban escritas como un hombre que disfrutaba del pánico que había creado. Los periódicos publicaron partes de sus mensajes, la policía siguió pistas y la gente corriente empezó a ver sospechosos por todas partes.
Por eso el caso nunca se desvaneció. Otros criminales desaparecen en los archivos. El Zodíaco se convirtió en una sombra a la que la gente seguía intentando poner nombre. Cada pocos años aparecía un nuevo sospechoso. Un pariente, un investigador o un investigador retirado daban un paso al frente y decían lo mismo: esta vez, lo tenemos. La mayoría de las teorías se derrumbaron bajo el peso de las pruebas que faltaban. Pero el hambre de una respuesta nunca desapareció, porque el final nunca se escribió, y el asesino parecía haber escapado con la última palabra.