Después de que Chloe le diera su despiadado ultimátum de que Evelyn no podía participar en la boda, se negó a seguir hablando del asunto. Cada vez que Leo sacaba a colación el plano de la boda o la lista de invitados, ella se cerraba en banda o abandonaba la habitación. Leo estaba muy resentido y su mente daba vueltas a oscuros pensamientos. Por otra parte, Chloe guardaba el joyero bajo llave en el cajón.
Empezó a suponer que la repentina afluencia de riqueza se le había subido a la cabeza a Chloe, convirtiendo a su dulce prometida en una persona mimada y controladora. Ella nunca había parecido preocuparse por el dinero, ¿era ahora cuando salía a la superficie? ¿Cómo había podido equivocarse tanto con ella? Todo era confuso y doloroso.
Pero entonces Leo notó una serie de comportamientos muy extraños. Chloe dejó de dormir. Se despertaba a las tres de la madrugada y la encontraba abajo, a oscuras, investigando frenéticamente en su portátil oscuros registros históricos y archivos de subastas inmobiliarias, con el rostro iluminado únicamente por el pálido resplandor de la pantalla.