«Esos no son pescadores», advirtió Leo, con la voz tensa por un repentino temor mientras le pasaba los prismáticos a Sam. «Prepárate, parecen un verdadero problema». Las tres lanchas motorizadas, que avanzaban a gran velocidad, surcaban las olas del océano, levantando enormes cortinas de espuma blanca mientras acortaban la distancia con una coordinación depredadora. Por sus movimientos sincronizados, estaba claro que se trataba de una emboscada intencionada y bien planificada.
Mientras Leo observaba cómo avanzaban las embarcaciones a toda velocidad, de repente se dio cuenta de algo escalofriante. Esos hombres no eran ladrones locales, sino piratas modernos y coordinados. En un destello de claridad, las piezas del rompecabezas encajaron; sin duda, los piratas estaban utilizando inhibidores de señal de grado militar. Esa era la verdadera razón por la que su GPS independiente se había apagado por completo y la radio de emergencia había estallado en un estruendo de estática. Los habían dejado intencionadamente ciegos y en silencio incluso antes de que se activara la trampa. En un pequeño velero de recreo en mar abierto, estaban completamente expuestos, sin ningún lugar al que huir, a merced total de sus perseguidores.