Justo cuando el líder de los piratas agarró el último saco de equipo robado, una sirena ensordecedora de la Guardia Costera resonó a través del agua en el exterior. El estruendo vibró a través del casco mientras un altavoz rugiente exigía una rendición inmediata. El pánico se apoderó al instante de los ladrones. El líder soltó el saco y subió a toda prisa por los escalones, desesperado por subir a su bote de huida antes de que las autoridades lo acorralaran.
Leo sabía que no podían dejar que escapara. Incapaz de romper sus fuertes ataduras, Leo utilizó la adrenalina pura para ponerse de pie y subir corriendo los escalones. Cuando el líder llegó a la barandilla lateral, Leo se lanzó hacia delante, utilizando todo el peso de su cuerpo para derribar al hombre y tirarlo del barco. Ambos hombres cayeron por la borda, estrellándose violentamente contra el mar embravecido. En las profundidades del agua, el corazón de Leo latía con fuerza, presa del terror, mientras luchaba contra la fuerte corriente. Con las manos aún fuertemente atadas a la espalda, no podía usar los brazos para remar. Pataleando con absoluta desesperación, luchó contra las aguas oscuras, jadeando cuando su cabeza finalmente rompió la superficie.