Los piratas actuaron con una eficiencia aterradora. Mientras dos de los hombres mantenían la mirada fija en los amigos, gritando amenazas para evitar cualquier movimiento brusco, el líder agarró agresivamente a Leo por el cuello de la camisa. Empujó violentamente a Leo hacia la escotilla de la escalera, obligándolo a bajar los empinados escalones hacia la cabina de estar inferior. Maya y Sam fueron empujados justo detrás de él, tropezando al entrar en el estrecho espacio revestido de madera.
Dentro del comedor, los intrusos obligaron a los tres amigos a sentarse en el pequeño banco acolchado. Utilizando pesadas amarras que habían cogido de la cubierta, los ladrones ataron rápida y firmemente las manos de los amigos, neutralizando por completo cualquier posibilidad de lucha física. Leo, Maya y Sam se sentaron hombro con hombro, con el corazón latiéndoles con fuerza contra las costillas en aquel espacio claustrofóbico. Eran oficialmente rehenes en su propio barco, despojados de su libertad y completamente atrapados bajo cubierta, mientras la tripulación hostil tomaba el control absoluto del entorno.