La última lancha acorraló al velero, golpeando con fuerza contra el costado del casco con un crujido espantoso y desgarrador. Al darse cuenta de que se habían quedado sin recursos y de que los intrusos estaban a segundos de abordar, Leo, Maya y Sam se mantuvieron juntos en la cubierta de mando. No tenían armas ni forma de huir, pero se negaban a abandonarse unos a otros.
«No os separéis», murmuró Leo entre dientes, colocándose ligeramente delante de sus amigos mientras tres hombres agresivos saltaban por encima de las barandillas metálicas. Sus pesadas botas golpearon con fuerza la cubierta de fibra de vidrio, rodeando al instante al pequeño grupo de turistas. El líder pirata dio un paso al frente, con los ojos ardiendo de ira mientras gritaba órdenes hostiles por encima del rugido del viento, exigiendo a los amigos que se quedaran quietos y levantaran las manos. La cruda realidad de su situación de indefensión se cernió pesadamente sobre la cabina. Rodeados en mar abierto, los tres amigos no tuvieron más remedio que obedecer, completamente a merced de los invasores.