Empujaron a Elías a la parte trasera del camión metálico junto a la ternera, que pataleaba aterrorizada. Las puertas se cerraron de golpe, sumiéndolos en una oscuridad total, salvo por las débiles rendijas de luz que danzaban a través de las costuras metálicas. Cuando el camión llegó a un tramo de terreno especialmente rocoso, Elías lo oyó: un débil y rítmico zumbido procedente de las alturas. Zumbido, zumbido, zumbido.
Permaneció inmóvil, con el pulso acelerado contra las costillas. No levantó la vista, no se atrevió a emitir ningún sonido que revelara que era consciente de ello. Conocía ese sonido, o al menos tenía la desesperada y ferviente esperanza de que así fuera. Si era lo que creía que era, aún podía haber esperanza. No podía hacerles señales; ni siquiera podía moverse.
Sabía que tenía que detenerse. Si lograban salir de la reserva, se perderían para siempre en la vasta e implacable naturaleza. Obligó a su respiración a ralentizarse, preparándose para interpretar el papel de un hombre aterrorizado y codicioso.