El silencio volvió a la sabana, pero ya no era el silencio de la caza, sino el silencio aplastante de la derrota total. Elías rodó sobre un costado, luchando por mantenerse en pie. Le dolían las costillas con cada movimiento y tenía las muñecas en carne viva a causa de las ataduras.
Miró al horizonte, donde había desaparecido el camión. ¿Sería el dron? se preguntó. ¿Les vio dejarle? ¿Habría rastreado el camión o se habrían metido en un ángulo muerto? Su mente barajaba todas las posibilidades, pero lo único que oía era el sonido de su respiración entrecortada y desesperada. Sintió el frío de la noche, un duro recordatorio de que era vulnerable.
Había estado tan confiado, tan seguro de su capacidad para detenerlos, pero había subestimado su crueldad. Cada segundo que pasaba se sentía como un clavo más en el ataúd del ternero, y el peso de su fracaso era casi imposible de soportar.