El Dr. Aris no se sentó con ellos en la tranquila clínica hasta que el camión de rescate desapareció en la noche nevada. Parecía agotado. «Los habéis salvado, pero casi los matáis por accidente», dijo en voz baja. Les explicó que no eran gatitos domésticos, sino manuls, o gatos de Pallas, una especie poco común originaria de las cumbres más altas del Himalaya y las estepas siberianas.
«Sufren lo que llamamos ‘mal de las tierras bajas'», explica Aris. «Sus cuerpos están hechos para el aire delgado y estéril. Aquí abajo, en el valle, el aire es demasiado denso, demasiado húmedo y está lleno de bacterias que sus sistemas inmunitarios no están preparados para soportar» Fiona levantó la vista, aún asimilando el shock. «Pero al principio estaban bien. ¿Por qué no enfermaron enseguida?» Aris asintió. «La tormenta. Esa ráfaga ártica trajo un enorme frente de alta presión de aire helado y seco. Durante las primeras cuarenta y ocho horas, tu granja parecía las montañas de Siberia. Pero en cuanto se despejó el tiempo y aumentó la humedad, empezaron a ahogarse en nuestro aire» Palmeó el hombro de John. «Tú fuiste el puente, John. Los mantuviste vivos el tiempo suficiente para que la montaña se los llevara»