Lo primero que nos enseñó no era un dormitorio. Era el espacio que más utiliza. La cocina. «Me encanta cocinar», dijo, casi con indiferencia, como si eso explicara por qué esta parte del barco le parecía más completa que cualquier otra. Y así era. No era grande, pero tampoco parecía improvisada. Los armarios no hacían juego, pero era intencionado. Señaló la procedencia de cada pieza: algunas recicladas, otras reutilizadas, todas elegidas cuidadosamente.
Incluso las ventanas tenían una historia. «Eran de un antiguo hotel», dijo. Al principio, ese detalle no parece importante. Pero luego te das cuenta de la cantidad de luz que aportan. La sensación de amplitud que transmite todo el espacio, a pesar de estar dentro de una estrecha estructura que flota sobre el agua. No se trataba sólo de hacerlo habitable. Se trataba de hacerlo suyo. La mesa que había al lado servía para todo: para trabajar, para comer y para sentarse a leer. Nada se desperdiciaba. Nada existía sin un propósito.
Y, sin embargo, no parecía minimalista. Parecía… completo. Como si todo se hubiera decidido poco a poco.