De un bolsillo lateral cayó una tarjeta de visita con un número de móvil. El pulgar de Lena se posó sobre la pantalla de su teléfono, pero dudó. La comisaría estaba a sólo seis manzanas. Parecía la opción adulta, la opción segura y documentada. No quería una recompensa; sólo quería acabar con aquello.
Al salir del parque, el aire parecía más frío. El ciclista de la bolsa roja se cruzó de nuevo en su camino, pedaleando despacio y con la cabeza gacha. Dio un volantazo para esquivar a un niño, lo que provocó un agudo «¡Cuidado!» del padre que estaba cerca. Lena no le dio mucha importancia. Estaba demasiado concentrada en el peso de la bolsa que llevaba en la mano.
Pasó por delante de la panadería local y una hilera de tiendas, y su reflejo fue captado por una docena de cámaras de seguridad. Caminaba con la cabeza alta, como una mujer en una misión de honestidad. Sintió una extraña y fugaz sensación de paz, convencida de que este pequeño acto de bondad equilibraría de algún modo la balanza de su desastrosa mañana. No tenía ni idea de que iba directa a una trampa.