Mientras esperaba al abogado de oficio, la mente de Lena volvió al parque. Visualizó el banco, el barro, las hojas. Un detalle le llamó la atención, agudo como una aguja. La hierba que rodeaba el banco estaba empapada por la lluvia de la mañana. Había charcos por todas partes. Pero el bolso… «El bolso estaba seco», susurró para sí.
Cuando Sato volvió para traerle agua, ella le agarró del brazo. «Escúchame. Llovió a mediodía. El suelo estaba empapado. ¿Pero ese cuero? No estaba manchado. No había barro en el fondo» Sato hizo una pausa, su máscara profesional parpadeó. «Continúa» Lena volvió a describir al ciclista. «Me adelantó dos veces. Una vez antes de que lo encontrara, otra después. Llevaba guantes pálidos. ¿Quién lleva guantes para una entrega de bicicletas en mayo?»
Sato anotó algo, su expresión pasó del aburrimiento a la genuina curiosidad. «¿Guantes pálidos?» Lena asintió enérgicamente. «Y la bolsa roja. Se movía de forma extraña, no como si tuviera prisa por entregar algo, sino como si estuviera esperando» Por primera vez desde que le habían cerrado las esposas, Lena sintió una chispa de esperanza. No era sólo una víctima, era una testigo.