Adam no lo negó. Miró de la fotografía a los investigadores y pareció comprender de inmediato que por fin se había encontrado el avión. Su voz era grave, gastada por años de no utilizarla para esta historia. Dijo que él y el capitán Henk Boer habían sospechado problemas aduaneros antes del despegue, pero no toda la verdad. Cuando el tiempo empeoró, Henk quiso dar media vuelta. Un despachador les insistió para que siguieran adelante. Cuando se separaron, les quedaba poco combustible y estaban atrapados por las nubes sobre la cresta.
Henk aterrizó el avión con dificultad, pero salvó a los dos. A la mañana siguiente, un tractor de nieve llegó al lugar. Dos hombres cargaron una caja específica y prometieron que les rescatarían. Adam ya no les creía. Por eso volvió a la bodega antes de abandonar el avión y escondió los documentos copiados y las fotografías bajo el suelo. Quería protegerse si los hombres volvían antes. Después, él y Henk se dirigieron a la caseta meteorológica y esperaron.
Un contratista local los encontró un día después y los llevó a una granja. Allí, antes de que llegara la policía, se reunió con ellos un abogado de la empresa. Les advirtió que si la historia salía a la luz, ambos pilotos podrían ser acusados de contrabando, violación de la ruta y fraude al seguro. Les ofreció dinero, cobertura legal y una nueva vida si guardaban silencio. Henk aceptó primero. Adam le siguió. «Estábamos asustados», dijo Adam. «De todas formas, pensábamos que las pruebas habían desaparecido con el hielo» No tenía ni idea de que el glaciar algún día devolvería el avión.