Nora vio por primera vez el plano donde el glaciar se había abierto tras un verano cálido. Estaba comprobando el movimiento de las rocas para la oficina regional de topografía cuando apareció bajo el hielo una curva plateada opaca, demasiado lisa para ser piedra y demasiado grande para ser escombros. Al principio pensó que formaba parte de un antiguo refugio. Entonces el helicóptero volvió a dar vueltas y vio el ala.
Cuando llegó al lugar a pie, la mitad del fuselaje había emergido de la pendiente de deshielo. El morro estaba enterrado en el hielo, pero la cola y la puerta de carga eran visibles, inclinadas en un ángulo como si el avión se hubiera deslizado hasta allí y simplemente se hubiera detenido. La pintura estaba descolorida, el logotipo casi desaparecido, pero la forma era inconfundible. Era un avión de carga.
Nora se quedó mirándolo en medio del viento de la montaña. Unas cuantas llamadas y una búsqueda en Internet le dijeron que veintiocho años antes, un vuelo de carga llamado Northline 816 había desaparecido en una ruta invernal a través del norte. No llevaba pasajeros, sólo dos tripulantes y una bodega repleta de carga comercial. Los equipos de búsqueda habían buscado durante semanas, luego meses. Nunca se encontró nada. El caso se había convertido en una de esas historias frías que la gente menciona sólo cuando habla de tormentas y mala suerte. Ahora el avión estaba aquí, al descubierto por fin. Nora levantó la cámara, hizo una foto y sintió la extraña atracción de un misterio que llevaba esperando mucho más tiempo del que ella llevaba en el trabajo.