Keola nunca había actuado así. En un momento había estado tranquila, de pie en el campo, como siempre. Al siguiente… algo cambió. Sus orejas se echaron hacia atrás. Su cuerpo se puso rígido. Y empezó a pasearse. Al principio, Jolene frunció el ceño, observando desde la valla. «¿Keola?» No hubo respuesta. El caballo ni siquiera la miró.
Siguió avanzando y retrocediendo, cada vez más rápido. Su respiración se hizo más fuerte. Más pesada. Desigual. «Eh… ¿qué pasa?» Jolene se acercó, sintiéndose incómoda. Fue entonces cuando Keola se detuvo. Bruscamente. Lentamente, el caballo giró la cabeza. Y la miró a los ojos. Jolene sintió al instante ese cambio. Algo en la forma en que Keola la miraba ya no le resultaba familiar.
No parecía tranquila. Se sentía… intensa. Inquietante. Entonces Keola dio un paso adelante. Otro. Más rápido. Jolene se quedó sin aliento cuando el caballo acortó la distancia entre ellas, deteniéndose a escasos centímetros. Y se quedó allí. Mirándola fijamente. Sin moverse. Sin parpadear.
Jolene no tenía ni idea de lo que acababa de desencadenarlo. Pero algo de ese momento se quedó con ella. Porque fuera lo que fuera lo que había cambiado en Keola… no desapareció.