Los registros antiguos se abrieron rápidamente después de eso. Una empresa fantasma que figuraba en el manifiesto falso había reservado espacio de carga en el último momento. Se disolvió meses después de la desaparición. La oficina que figuraba en la lista resultó ser un escaparate vacío. El seguro de la carga perdida se había pagado sorprendentemente rápido. Peor aún, un despachador de Northline había aprobado el cambio de ruta aquella noche sin presentar una nota de operaciones adecuada.
Nora se sentó con Erik en el interior de la unidad de mando móvil mientras los nombres y las facturas se esparcían por la mesa. La situación se fue aclarando. El avión probablemente había sido desviado más cerca de un punto de recogida remoto. La tripulación comprendió demasiado tarde que algo iba mal. El tiempo se acercaba. El combustible se convirtió en una preocupación. Derribaron el avión en el glaciar en lugar de perderlo por completo.
«Pero si sobrevivieron», dijo Nora, «¿por qué nadie supo nada de ellos?» Erik volvió a darle la vuelta a la nota de Adam. Detrás de ella, casi oculto en el pliegue, había un segundo trozo de papel. En él había una dirección en una ciudad a tres horas al sur, seguida de dos palabras: Si está vivo. Condujeron hasta allí a la mañana siguiente. La dirección llevaba a un pequeño taller detrás de una hilera de casas estrechas. Cuando entraron, un hombre mayor con una chaqueta de trabajo azul levantó la vista. Erik colocó la vieja foto de la tripulación sobre el mostrador sin decir palabra. El hombre la miró fijamente y luego se sentó despacio. Era Adam Leen.