Avión desaparecido hace años, décadas después lo encuentran y lo que descubren dentro es…

A la mañana siguiente, una vez que la estructura se consideró suficientemente segura, Nora entró en el avión con Erik. El aire del interior era metálico y viciado, lleno de polvo de escarcha y del viejo olor de la carga. Cajas de madera con piezas de maquinaria, válvulas y suministros agrícolas se alineaban en la bodega en ordenadas filas, aún sujetas con correas congeladas. Lo que inquietaba a Nora no eran los daños. Era el orden. Alguien había buscado, ordenado y tomado decisiones aquí después del aterrizaje.

Cerca de la cabina, un termo estaba de lado junto a la barandilla de un asiento. En el espacio de la cocina, detrás de él, había un envoltorio de raciones vacío debajo de un panel suelto. En el suelo había un mapa de ruta con una marca de lápiz lejos de la ruta oficial, señalando hacia una vieja caseta meteorológica en una cuadrícula topográfica a ocho kilómetros de distancia. Eso, al menos, tenía sentido. Si la tripulación había salido, habría necesitado refugio.

Entonces Nora se dio cuenta de algo más. Cerca de la parte trasera de la bodega, un panel metálico del suelo parecía diferente de los demás. Los tornillos eran viejos, pero estaban menos corroídos, como si los hubieran quitado y vuelto a poner poco antes de que el avión desapareciera en el hielo. Erik se agachó junto a él y pasó un dedo enguantado por el borde. «Esto se abrió», dijo en voz baja. Aún no lo había forzado. Primero quería comprobar la caseta meteorológica. Nora miró una vez más el mapa marcado. Alguien en aquel avión sabía que la cabaña existía. Alguien había planeado llegar hasta ella.