Ajustó su estrategia. Pasó menos tiempo navegando a motor y más tiempo a la deriva. Dejó que la embarcación permaneciera en silencio en la cuenca central con el motor apagado, los hidrófonos sumergidos y ella envuelta en una capa térmica en la popa, simplemente escuchando a través de la señal del sonar en sus auriculares.
Al noveno día, oyó algo nuevo. Bajo el pulso habitual, había una señal secundaria más corta, más aguda y casi rítmica. Cuando aisló y ralentizó la grabación, sonaba extraordinariamente como dos fuentes separadas, llamándose una a otra.
¡Así que no era uno, sino al menos dos!