Más tarde esa noche, la tensión en la casa se rompió por completo. Tom estaba sentado en el sofá, dejando el teléfono en la mesita mientras iba a la cocina a por un vaso de agua. Clara estaba de pie junto a la mesa, mirando fijamente el dispositivo mientras se iluminaba con una notificación silenciosa de correo electrónico. El corazón le martilleaba las costillas. Incapaz de contenerse, lo cogió despreocupadamente, fingiendo mirar la hora.
Antes de que sus dedos rozaran el cristal, Tom entró corriendo en la habitación. En un santiamén, le arrebató el teléfono de la mano, con el rostro pálido y a la defensiva. «No toques mi teléfono, Clara», le dijo con voz cortante, con un tono que ella nunca había oído en sus doce años de matrimonio. «Ya te he hablado del manejo de mis dispositivos de trabajo. Aquí tengo datos de clientes muy sensibles que no puedo arriesgarme a que se vean comprometidos»
La reacción agresiva cimentó el terror en su mente. No se limitaba a trabajar hasta tarde o a despejarse, sino que estaba protegiendo activamente una vida completamente separada de la suya. En la mente de Clara, el hombre que había sido su ancla absoluta se había convertido de repente en un completo extraño, ocultando una oscura verdad tras un muro de fría hostilidad.