La potra yacía en la paja como una sombra plegada, demasiado silenciosa para la habitación. Nadie vitoreó. La doctora Okafor le despejó las vías respiratorias y la frotó con fuerza con una toalla. «Vamos», dijo. Daphne se arrodilló junto a la potra sin que nadie se lo indicara. El pecho de la potra no se movía. Daphne sintió cómo el aire abandonaba la habitación, e incluso la lluvia parecía más silenciosa que antes.
La doctora Okafor le administró oxígeno, volvió a frotarla y le revisó la diminuta boca. Daphne oyó a Willow respirar a sus espaldas y al potro moviéndose bajo las toallas. Tres vidas llenaban el box donde ella había esperado un solo nacimiento. «Por favor», susurró Daphne. El Dr. Okafor se inclinó hacia ella. Una oreja se movió. Entonces, la potra tomó una respiración superficial y Daphne dejó escapar un sollozo entrecortado.
«No te relajes todavía», dijo el Dr. Okafor. Comprobó el corazón de la potra y luego se volvió hacia Willow. La yegua estaba de pie, pero a duras penas. Sus ojos parecían apagados por el agotamiento. «¿Al hospital?», preguntó Daphne. «A todos», confirmó él. Los potros gemelos podían debilitarse rápidamente. Willow aún necesitaba líquidos, medicación y revisiones para descartar placenta retenida, infección, shock y laminitis. Afuera, la rampa del remolque se bajó con un golpe metálico. El doctor Okafor miró a la diminuta potra. «Ahora veremos quién puede seguir adelante».