Daphne mantuvo las manos en el cabestro de Willow, con las palmas resbaladizas por el sudor y la lluvia. «Tranquila, Willow», susurró. «Escúchame». Al principio, la yegua se resistió a cada contacto. Luego, giró las orejas hacia la voz de Daphne y su respiración pasó de ser agitada a temblorosa.
El doctor Okafor trabajó con tranquila concentración. Más luz. Una toalla limpia. Un paso atrás. Sujétala con firmeza. El establo parecía encogerse hasta que solo cabían Willow, el veterinario y la pequeña vida atrapada en su interior. El potro emitió un suave sonido desde la paja, pero nadie se acercó a él. Ahora todo dependía del segundo potro.
Los minutos transcurrían con pesadez. El doctor Okafor cambió de postura. «Ahora tengo un mejor ángulo». Daphne notó cómo se tensaba todo el cuerpo de Willow. «El siguiente empuje es crucial», dijo él. Willow empujó con las últimas fuerzas que le quedaban. Daphne se apoyó en su cuello y siguió susurrando. La contracción amainó, y luego volvió. La paja salía volando bajo las pezuñas de Willow. La expresión del Dr. Okafor pasó de la preocupación a la concentración, y luego a algo parecido a la esperanza. «Ya está», dijo. «Otra vez». La segunda cría vino al mundo a toda prisa, más pequeña que el potro y terriblemente inmóvil. Durante un segundo, nadie supo si la ayuda había llegado demasiado tarde. Entonces Daphne vio la verdad. «Es una potra».