Una yegua da a luz, pero el veterinario se da cuenta enseguida de que algo va mal

A las tres de la madrugada, ya habían dejado atrás el establo y las luces de la clínica les resultaban demasiado intensas. Willow estaba de pie en un box acolchado con una vía intravenosa que le salía del cuello. El potro dormía cerca, envuelto en mantas limpias. La potra yacía bajo una manta térmica, tan pequeña que se podía ver cada una de sus respiraciones.

Daphne estaba sentada fuera del box con las botas mojadas y la paja aún pegada a las mangas. El doctor Okafor salió con las mangas remangadas. «Está luchando», dijo. «¿Sobrevivirá?», preguntó Daphne. «No puedo prometerlo. Todavía no. Pero llamaste a tiempo y ayudaste a Willow a mantenerse estable. Lo hiciste muy bien». A través del cristal, la potra movió una pata delantera y luego intentó levantar la cabeza.

La mañana llegó pálida y tranquila. El potro se puso de pie primero, con las rodillas temblorosas y mucho esfuerzo, pero se mantuvo en pie. Willow inclinó la cabeza sobre él. Al otro lado del box, la potra metió las patas debajo de sí, falló, lo intentó de nuevo y, finalmente, se mantuvo de pie durante tres segundos temblorosos. Daphne llamó al potro Storm, por la noche que lo trajo al mundo, y a la potra Echo, por la vida oculta que casi se perdió. Daphne creyó por fin que el peligro había pasado. Willow rozó a ambos potros con el hocico. El doctor Okafor revisó la ficha, frunció el ceño un instante y luego sonrió.