Una yegua da a luz, pero el veterinario se da cuenta enseguida de que algo va mal

Trajeron el remolque por si había que trasladar a Willow. Los faros barrían las puertas del establo, convirtiendo la lluvia en rayas blancas. Daphne oyó el motor al ralentí fuera y sintió cómo cada segundo se le hacía eterno.

El Dr. Okafor explicó las opciones sin dramatismos. Podían subir a Willow al remolque y llevarla al hospital equino, donde había más personal y mejor equipamiento. Pero el trayecto podría agotarla aún más. O bien, él podría intentarlo una vez, allí mismo en el establo, para corregir la posición del segundo potro y ayudar a Willow a parir. Quizá ahorrara tiempo, pero sería difícil y arriesgado.

Daphne miró a Willow. La yegua tenía la cabeza gacha y le temblaban las patas. A su lado, el potro descansaba bajo unas toallas, vigilado por la mujer del peón. «¿Qué harías tú?», preguntó Daphne. El Dr. Okafor miró a Willow antes de responder. «Lo intentaría una vez aquí. Si la posición no mejora rápidamente, la trasladamos». Daphne tragó saliva. «Hazlo». Sujetó el cabestro de Willow con ambas manos y le habló al oído. Willow se tensó antes de que el veterinario pudiera moverse. A Daphne le fallaron las rodillas, pero, aun así, mantuvo el agarre firme. El doctor Okafor se acercó y se quedó paralizado. «Espera», dijo. «Puede que el potro se haya desplazado».