Una yegua da a luz, pero el veterinario se da cuenta enseguida de que algo va mal

Las viejas luces del establo zumbaban mientras el doctor Okafor preparaba el ecógrafo. La lluvia golpeaba el techo con tanta fuerza que los caballos del pasillo contiguo se movían y resoplaban. Daphne sujetaba la rienda de Willow y mantenía la voz baja. «Quédate con nosotros, pequeña. Estás bien».

Willow se estremeció cuando la sonda le tocó el costado. La pantalla brillaba con un tono azul-blanco en el oscuro establo. Daphne vio líneas, sombras y movimientos que no sabía interpretar. El doctor Okafor movió la sonda lentamente. Apretó la mandíbula. Entonces, la máquina captó un ritmo débil. No era el pulso de Willow. No era la respiración del potro entre la paja. Era más pequeño, más rápido y más débil.


La mano de Daphne se enfrió al agarrar la rienda. «¿Qué es eso?», preguntó el peón, dando un paso atrás. El doctor Okafor ajustó el ángulo, volvió a escuchar y no apartó la vista de la pantalla. «Hay otro latido», dijo. Daphne miró del potro al vientre de Willow. «¿Otro potro?». «Sí», respondió él. «Un gemelo. Más pequeño y mal colocado». Willow volvió a empujar. Daphne lo comprendió de repente: los partos gemelares eran poco frecuentes y arriesgados para las yeguas. El veterinario cerró la maleta y nadie en el establo respiraba ya con normalidad. «A ese potro se le acaba el tiempo… Tenemos que actuar rápido».