Un pescador descubre oro hundido en el mar, pero un error que le rompe el corazón le cuesta 4 millones de dólares

«Pruebe con un mechero», sugirió el agente, apoyando cautelosamente la mano en el cinturón. «Si es de metal, no se derretirá al instante. Pero veamos qué pasa cuando le pongas algo de calor»

Arthur sacó un Zippo parpadeante de su bolsillo, la mano le temblaba mientras acercaba la llama al borde del mechón irregular. Esperaba que el calor rodara por la superficie, pero en lugar de eso, el «oro» empezó a silbar casi de inmediato. En cuestión de segundos, las vetas ámbar burbujeaban y se licuaban, convirtiéndose en un lodo negro, espeso y aceitoso que goteaba sobre el banco de trabajo. Una densa bocanada de humo se esparció por el aire, arrastrando un pesado hedor almizclado que Arthur sintió en el fondo de la garganta. Era un olor opresivo y antiguo, empalagoso e innegablemente repugnante.

A medida que el líquido negro se acumulaba en la madera y las vetas brillantes se convertían en hollín, Arthur se dio cuenta de que su fortuna se había esfumado literalmente, sin dejar tras de sí más que una mancha y un olor que jamás podría borrar.