Su tío le dejó una vieja casa en las montañas y ella descubrió lo que escondía..

El mundo de Clara se redujo al tamaño del haz de una linterna. Se tumbó boca abajo mientras la arenilla del sótano le mordía las palmas de las manos. Sentía el aire estancado, cargado de olor a piedra mojada y con un sabor metálico a cobre en el dorso de la lengua. Acababa de colarse por un hueco irregular en la pared de los cimientos, un espacio que no debería existir según las dimensiones exteriores de la casa.

Su linterna parpadeó, bailando sobre un suelo que ya no era de tierra. Era roca sólida y nivelada. Allí, reflejando la luz en un destello sordo y oxidado, había dos líneas paralelas. Eran estrechas, asentadas en lo más profundo del vientre de la montaña y extendiéndose hacia adelante en una oscuridad tan absoluta que se tragaba el haz de su luz. El túnel parecía prolongarse durante kilómetros, desapareciendo en el corazón de la cima.

Se quedó paralizada. El silencio era denso, sólo roto por el sonido de su respiración entrecortada. Aquello no era un sótano ni un almacén. Se le erizó la piel con un impulso repentino y primario de retroceder. No siguió adelante. Todavía no. Retrocedió despacio, con la mano temblorosa cuando las implicaciones de lo que había descubierto empezaron a asentarse..