Un olor nauseabundo le hizo creer que su vecino ocultaba un oscuro secreto. Cuando por fin miró dentro, la verdad le hizo llorar los ojos

Llegó la medianoche y con ella una tormenta de verano. Los relámpagos parpadeaban en el cielo, pero no llovía, atrapando el sofocante hedor cerca de la tierra. Arthur se escabulló entre las sombras de su propio patio. De pie junto al límite de la propiedad, el olor era cegador: fétido, químico y pesado, que le arañaba la garganta. Miró a su alrededor para asegurarse de que Marcus o Clara no lo observaban.


Con una serie de chasquidos metálicos y agudos, retiró una parte de la valla metálica que separaba su jardín del sendero cubierto de maleza de Henderson. Se arrastró por el hueco, con el corazón martilleándole contra las costillas. Era un hombre de orden absoluto, un estricto cumplidor de la ley, y ahora estaba invadiendo en la oscuridad como un delincuente.