Este hombre derribó una pared de su garaje y lo que encontró dentro le causó escalofríos

Murat se movió tan rápido como pudo. El sonido le guiaba ahora, débil, desigual, pero suficiente. «¡Eh! ¡Estoy aquí!», volvió a gritar, y su voz resonó en los túneles. Esta vez recibió una respuesta. Clara. Una voz. Murat se quedó inmóvil durante medio segundo. Luego se precipitó hacia delante. El pasadizo se estrechó, luego volvió a abrirse y entonces lo vio.


Una caída. Justo delante de él. Murat se detuvo en el borde, con la respiración entrecortada. Un pozo vertical. Profundo. Mucho más profundo de lo que su luz podía alcanzar. Pero allí en el fondo había un parpadeo. Cálido. Murat se acercó, mirando hacia abajo. Un débil resplandor bailaba contra las paredes de piedra de abajo. Fuego. Tenía que serlo.

Y la voz provenía de allí abajo. «¡¿Hola?!» Gritó Murat, inclinándose ligeramente sobre el borde. Por un momento nada. Luego, de repente, una respuesta. Más clara ahora. Humana. Murat sintió que algo se apoderaba de él. Alivio. Desesperación. Esperanza. «¡Por favor! Estoy atrapado aquí arriba», gritó. La voz de abajo respondió de nuevo, más fuerte esta vez.


Más cerca. No sólo una voz. Más. Y por primera vez desde que había entrado, Murat supo que tenía una salida.