«Quédate donde estás», gritó una voz desde abajo. Murat se apartó del borde, con el corazón todavía palpitante. «¡Hay escalones!», gritó otra voz. «A lo largo de la pared, ¡utiliza los pies!» Murat dirigió su linterna hacia el interior del pozo. Al principio, no vio nada. Sólo oscuridad. Luego, formas. Pequeñas hendiduras talladas en la piedra. Desgastadas. Desiguales. Escalones.
Murat volvió a mirar hacia abajo. La gota parecía ahora más profunda. La luz del fondo parpadeaba débilmente, apenas le llegaba. Todo lo que había en medio eran sombras. Su agarre se tensó. Esto era todo. Una salida. Pero también una caída inminente.
Tragó con fuerza. Sus brazos ya estaban cansados. Las piernas le temblaban por el frío. Un paso en falso… No se permitió terminar ese pensamiento. Murat miró hacia atrás por encima del hombro. Nada más que oscuridad detrás de él. Ningún otro camino. Ninguna otra opción.
Se volvió hacia el pozo y puso el pie en el primer escalón.