Este hombre derribó una pared de su garaje y lo que encontró dentro le causó escalofríos

Murat se empujó contra la pared. No podía parar. Ahora no. Dio un paso adelante y se quedó inmóvil. Oyó algo débil a lo lejos. Ahí estaba otra vez. Bajo. Desigual. No como el viento. Distinto. Murat se giró lentamente, intentando localizarlo. Por un segundo, le asaltó la duda. Su mente le estaba jugando una mala pasada. Tenía que ser.


El silencio había sido demasiado largo. El frío demasiado profundo. Pero entonces volvió. Esta vez más claro. Un sonido que no pertenecía a los túneles. Murat agarró con fuerza la linterna. «…¿Hola?», gritó, con la voz un poco quebrada. El sonido se detuvo. Se hizo el silencio. Entonces algo se movió. Una débil respuesta. Los ojos de Murat se abrieron de par en par. No era un eco.

Se volvió hacia él, sus pasos se aceleraron y recuperó la energía de golpe. «¡Eh! ¿Me oyes?», gritó. El sonido volvió. Más fuerte. Más cercano. Real. Murat se movió más rápido, siguiéndolo a través del pasaje.


Porque esta vez sabía que no estaba solo, y tal vez lograra salir.