Murat no se movió durante un rato. Se quedó allí, intentando pensar. Intentando recordar. Pero todas las direcciones parecían iguales. Todos los caminos llevaban a la misma oscuridad. Eligió uno. Comenzó a caminar. Ahora más despacio. Con más cuidado. Pero no sirvió de nada. El frío había empeorado. Le mordía los dedos, se deslizaba por sus brazos, se instalaba en lo más profundo de su pecho.
Su respiración era ahora más aguda, visible en el haz de luz de su linterna. «¿Hasta dónde he llegado…?», susurró. No obtuvo respuesta. Sólo el eco de su propia voz. Siguió avanzando. Pasaron minutos. O quizá más.
El tiempo ya no parecía claro. Le empezaban a doler las piernas. Tenía la garganta seca. Cada paso le parecía más pesado que el anterior. Murat se detuvo de nuevo, apoyando una mano en la pared. La piedra parecía más fría que cualquier otra cosa. Cerró los ojos un segundo. Sólo uno. Intentó estabilizarse. Intentando que no cundiera el pánico.
Porque la verdad estaba empezando a asentarse ahora. Si no encontraba una salida pronto, podría no conseguirlo.