Murat siguió moviéndose. Más rápido ahora. No corría, pero se acercaba. Sus pasos resonaban en los túneles, y el sonido le perseguía mientras giraba y giraba, cada vez menos seguro que el anterior. «Sigue adelante», murmuró. «Lo encontrarás» Pero los pasadizos no cambiaban. Las mismas paredes. Las mismas curvas. La misma oscuridad.
Pero las voces habían desaparecido. Completamente. Sin murmullos. Ni ecos. Sólo silencio. Pesado. Inquebrantable. Murat aminoró la marcha. El frío se había instalado, más profundo que antes. Se deslizaba a través de su ropa, hasta sus manos, haciendo que apretara con fuerza la linterna. Se detuvo un momento, escuchando. Nada, ni siquiera el viento. Ni siquiera el viento.
Su respiración sonaba demasiado fuerte. Demasiado agudo. Se giró lentamente, escudriñando el túnel a sus espaldas. Luego delante. Ninguna diferencia. Ninguna señal. No había forma de saber en qué dirección se volvía. Murat se pasó una mano por la cara, intentando serenarse. «Piensa», susurró. Pero cuanto más tiempo estaba allí… más difícil era concentrarse.
Porque por primera vez lo sintió de verdad. Estaba solo y completamente perdido.