El olor se hizo más intenso. Se coló en los jerséis, el pelo, las bolsas de las cámaras, los cojines y las copas de champán abiertas. La música se detuvo. Las retransmisiones en directo se volvieron caóticas. Los espectadores que esperaban contemplar la belleza del amanecer vieron a millonarios con arcadas mientras tres viejos pescadores realizaban un trabajo legal, necesario y repugnante.
A las siete, los motores empezaron a arrancar. A las ocho, los primeros yates huían del puerto. A las nueve, había toda una procesión de cascos blancos en retirada, cada uno dejando tras de sí una estela de pánico, tazas de café abandonadas y furiosas promesas de no volver jamás.