Nadie quería admitir la culpa. Un joven de pelo plateado y con una cámara colgada al hombro le dijo que los accidentes ocurrían en destinos muy concurridos. Elías miró los flotadores destrozados que tenía en la mano y dijo: «Esto no es un destino». El hombre se encogió de hombros. «Ahora sí lo es».
Aquella fue la mañana en que Elías regresó al agua donde su padre le había enseñado en su día a leer las corrientes. La niebla se aferraba a los acantilados. El Nora May se balanceaba suavemente bajo él. Lanzó la red con ambas manos y esperó a sentir el tirón de siempre.